lunes, 22 de marzo de 2010

YO NO ME OLVIDO


Ni olvido, ni perdón.

Juicio y castigo.

Miércoles 24, Plaza de Mayo, 17 hs.

Grondona´s abstenerse.

viernes, 12 de marzo de 2010

NADA DE OTRO MUNDO

La primera vez que pasó, me dijiste que no me asustara. Que por el barrio era frecuente ese tipo de temblores. Recuerdo con precisión taxidermista que ese día habíamos discutido. De lo que no estoy seguro es a causa de qué, aunque supongo que te molestó mi manía de cambiar de planes a último momento. Vos siempre odiaste eso.

Lo cierto es que en un momento dado te tapaste la cara con las dos manos y todo empezó a temblar. Hubo ruidos de platos rotos que llegaban desde la cocina y cedió el armazón que sostenía la tv sobre la mesita ratona. Fueron alrededor de veinte segundos fatales donde la casa se convirtió en un samba. Después volvió la calma, y con ella, el pasillo del segundo piso se vio invadido por vecinas con ruleros y en camisones, que estrellaban su verborragia contra el panic attack.

Te ayudé a ordenar. Luego, abriste la puerta para tirar los restos de vidrios en el tacho comunitario y yo escuché a la plebe gritar -mientras te miraban fijo- algunas consideraciones intempestivas. Puertas adentro, me confesaste que estabas harta del ecosistema que reinaba en el edificio. Recuerdo que por haber sido esa la primera discusión, dijimos que no iba a volver a pasar y nos perdimos hasta la madrugada entre miradas y silencios, que se fundían con la paciencia de tus dedos cruzando hilo encerado hasta dejarlo tenso. Las artesanías siempre fueron tu tai chi.

El diario del otro día completó el panorama: quince muertos y algunos heridos, más una serie de réplicas en el conurbano bonaerense que ocasionaron algunos destrozos, entre los cuales, se destacó el descarrilamiento del Roca cerca de la estación de Temperley. Nada de otro mundo, dijiste, mientras untabas esa tostada con mermelada de tomate.

Los días que siguieron al primer temblor, transcurrieron entre calmos y expectantes. A veces, estabas un poco irritable por cosas insignificantes, como aquel día en el video club cerca de casa, cuando no coincidimos sobre la película a alquilar y todo empezó a venirse abajo. El estante de “acción” se inclinó sobre las filas de “drama” y formaron un nuevo género desparramadas en el medio del hall del Blockbuster. Y de allí, entre gritos y estallidos de vidrios emergiste vos, como si nada hubiera pasado, con una de Ezequiel Acuña en la mano que sacaste del muestrario de “nacionales”. Yo te miré atónito, mientras ayudaba a un empleado que se había cortado la cara y sangraba a la altura de la nariz.

Vuelta a casa, hice un par de comentarios sobre los terremotos que acosaban a Buenos Aires y sobre la posible influencia del efecto invernadero en este tipo de manifestaciones. Vos minimizaste la cuestión alegando que “hoy por hoy, cualquier cosa genera un movimiento de las placas tectónicas”. No es nada de otro mundo, concluiste.

Ahora que lo pienso bien, Sofía, y analizo el pasado desde mi almohada, siempre me llamó la atención la forma en que tomabas las catástrofes naturales. Nada parecía conmoverte, ni aquel tsunami que se chupó miles de vidas al borde del océano Índico a fines del 2004, ni el terremoto que devastó Haití a mediados de enero. Lejos de eso, aquellas tragedias despertaban en vos una sonrisa angelical. Cuando ocurrían, por lo general, pasabas todo el día viendo informes especiales en noticieros amarillos. Te divertían las conclusiones a las que arribaban periodistas inexpertos y llorabas de risa con las teorías sobre el fin del mundo que empezaban a cobrar fuerza.

Se podría decir que fue una constante eso de los terremotos y las peleas. Cada vez que discutíamos, la tierra se quejaba y todo sucedía en el siguiente orden: tu rostro tornándose rojizo, las manos en la cara, los platos cayendo en picada, los gritos de los vecinos, las alarmas de los autos que se encendían, los ladridos de los perros, y al otro día, la dialéctica estéril de los medios que hacían leña del árbol caído. En fin, nada de otro mundo.

La gota que rebalsó el vaso de nuestra relación sucedió en mi departamento de Balvanera. Nunca debiste revisar mi celular. Yo estaba en el baño y de repente todo empezó a temblar. Del resto no recuerdo nada. Lo que voy reconstruyendo me lo contaron mis amigos, algunos vecinos que se acercaron hasta el Ramos Mejía y sobre todo los diarios. Hablaban de un sismo de casi 9 puntos en la escala de Ritcher que se volteó al barrio entero.

No todo cambió mucho desde la última vez que te vi. Para el gobierno de la ciudad, Once dejó de ser un barrio marginal, para pasar a ser “zona de emergencia”. Cada tanto, funcionarios políticos recorren los barrios y declaran frente a las cámaras de tv que están preocupados por la ola de terremotos. No obstante, hace mucho que no hay un sacudón como los de aquella época.

Imagino que estarás muy metida en eso de las artesanías. Si mi memoria no falla, tenías ganas de recorrer el norte o algún país vecino vendiendo tus pulseras de hilo encerado. Por mi parte, dejé Balvanera para mudarme a Colegiales. No fueron los movimientos sísmicos los que me corrieron de zona, fue un trabajo que pegué hace casi dos años. Por cierto, Sofía, te copié el antojo de la mermelada de tomate. Con respecto a lo nuestro, supongo que está bien que cada cual siga con su vida sin pensar en la del otro. Después de todo, la rutina nos había devorado antes del primer año. Lo único que cambiaría fue la forma en que nos despedimos. En mi opinión, fue muy abrupta y cada tanto, eso hace que te guarde cierto rencor. No obstante, verás, hoy me levanté con una melancolía retro. Debe ser porque anoche soñé con vos, y ahora, mientras desayuno una de tus costumbres con tostadas, me pregunto por qué no supe más nada de tu vida, por qué fui tan pasivo o dónde carajo estarás en este momento.

Afuera, plaza Miserere se despereza con gente que la atraviesa para cumplir sus rutinas, y en la tele, Chile acapara la atención. Un terremoto fue el pac-man sudaca que se tragó más de 700 vidas. Supuse que todavía seguías enojada.

Nada de otro mundo, pensé, y cambié de canal.

lunes, 8 de marzo de 2010

FELIZ DÍA

No esperen que agregue aquí algunas palabras a la foto. No sería ético.

Sólo me voy a limitar a decirles "Feliz día".

martes, 2 de marzo de 2010

DAKAR BOLIVIANO


Ponele que estas en esa línea amorfa que le indica a la geografía que -por capricho o por guerra- de acá para allá empieza un país y de allá para acá termina otro. Estas llenando los papeles de la aduana, y como quien no quiere la cosa, te enteras que el tren que ibas a tomar no sale porque se cayó el puente madre que unía tal lado con otro lado.

Entonces, parado en ese punto exacto donde te envuelve el viento del murmullo con el documentito en la mano, escuchas a la gente disparar hipótesis apocalípticas seguidas de conclusiones demoledoras. Dicen que “no puede ser”, “que este país es un desastre”. Dicen “bolivianos de mierda”. Le echan la culpa a seres metafísicos. Y entre esa vorágine vos parás la pelota, ejerces la contracultura de la teoría: la praxis y tiras: “Ya fue, me voy en bondi”.

Así que ahí estas: subido a los hombros de Marx para los celos de Engels. Con la botellita de agua en la mano y con un tal Román Uldorico que putea al flaco que acomoda las maletas porque las tira a las que te criaste. Que pagó 300 pesos y encima ahora, dice, tiene que pagar otros dos más por el derecho a terminal. Me mira y busca complicidad. Busca que me sume a su reclamo. Pero ya es tarde, yo ahora lo estoy viendo revolear sus brazos desde arriba de este bondi, que no late, tiembla. Que no arrancó aún y ya colapsó su capacidad.

Es de noche. Una noche lúgubre que amenaza con ser eterna. Refusila jodido. Tanto que los destellos sirven para alumbrar una carretera que no tiene luces. Hay cholas que se amontonan al fondo como los chicos problemáticos del colegio. Bebés en brazos que lloran. Niños caminando que venden golosinas. Grandes que comercializan pollo frito. Niñas que ofrecen jugos de colores raros en bolsas, con una bombilla que emerge hacia el nudo. Todo dentro de esta cafetera.

La tierra se cuela entre las ventanas mal selladas. Hace calor. Hay gente en los pasillos. Tres personas discuten por un mismo asiento: el 24. Está vendido tres veces. Gritan mientras otros quieren dormir. Otros duermen para no llorar. Algunos combaten el excedente acostándose sobre sus mochilas en el piso. Un turista me confiesa que tiene ganas de hacer pis. Le digo que no hay baño, que en apariencia el micro va a frenar dos veces en pueblos a mitad del camino para que la gente haga sus necesidades.

Al fondo, un celular escupe la misma cumbia monocorde sin respirar. Termina el track y vuelve a empezar. Está en el infinito Kafkiano, como esas piñas que recibe un boxeador contra las cuerdas. Uldorico te mira dos asientos más atrás en busca de una respuesta. El olor a pollo frito junto al de gasoil se juntan haciendo un piquete a mitad del pasillo. A tu derecha, un viejo ronca probando los motores de su pulmón. El micro baila reggae. Alguien fuma para pasar los nervios, otros tosen para pasar el asma. Tres pibes hacen chistes en quechua y cada tanto te clavan los ojos.

En esa guerra de posiciones transcurrís la primera hora de viaje. Desde el frente se escuchan gritos. Tres mujeres dicen que el chofer está borracho. “Que hay momentos para tomar y otros no, y que este –valga la redundancia- no es uno de ellos”. Te acercas a ver. El tipo balbucea un punk rock y le rapea un speach contra los dedos que lo acusan. Está definitivamente borracho. El acompañante se pone violento. “Fenómeno, decís, vamos dentro de un samba haciendo zigzag y el único tipo que sabe como llegar le vendió el alma al tetra brik”.

Sos el hámster con paranoia de este laboratorio que se morfa los kilómetros con una paciencia de costurera. Te preguntas ¿Cuándo aparece Bruce Willis?, ¿por qué Laiseca te eligió a vos? Soñas con llegar. Los asientos no se reclinan. Te acordas de tu familia, de tus amigos, de lo lejos que estas de todo. Te acordas del diario que esta mañana anunció en su tapa con bombos y platillos que el desbarranco de un micro se llevó la vida de ocho turistas. Te imaginas tu cuerpo en unas horas, gateando dentro de este tetris de personas.

Seguís en el túnel de la nada. Los refusilos le ponen fichas a tu conciencia suicida. Hay mujeres con pannick atack. Hay un malestar generalizado. No se ve nada, ni dentro ni fuera del micro. La tierra se cuela por la ventana. Ahora llueve. Vamos hacia la dimensión desconocida. El celular de la cumbia Kafkiana te da masa hasta dejarte grogui. Uldorico te mira con cara de circunstancia, cuando te das vuelta. Dice “esto no puede ser”. Los pibes se ríen de tu cara. Un hombre ronca su vida. Dos bebes lloran. Tu butaca no se reclina. El chofer está ebrio. El micro surfea los límites del precipicio. No hay baño. No hay aire. No hay futuro después de este bondi. En esa liturgia estas flotando cuando sentís que alguien te toca el hombro y al darte vuelta, la voz con acento altiplanense de Uldorico codeándose para salir entre restos de pollo frito, te bate:

- Hey amigo, usted puede creer, me dijeron que iban a pasar una película de Jackie Chan en el viaje y ni televisor tiene esto.

Vos lo miras atónito y por dentro decís: “Thanks god, for made me latinoamericano”.

miércoles, 24 de febrero de 2010

FRANCISCO, EL MATE Y LA TORMENTA POTOSINA


A 4.800 metros más cerca del cielo, las tormentas bolivianas generan en uno la sensación de que es carne de cañon en el medio del Coliseo Romano, esperando a un gladiador rival que es banca, la juega de local y que tarda en salir para que el ambiente te ponga nervioso.
Muy turro.

Claro que después, el viento te tira el mate y todo -incluido ese estado- se va al carajo.

Potosí, enero 2010.

lunes, 15 de febrero de 2010

ESTO VA A DOLER, SOLEDAD


La primera vez que te vi, Soledad, mi razón se pidió un taxi. En realidad no fue la primera, fue la segunda. La primera fue en ese cheboli de La Plata. Vos estabas hablando con un flaco sobre una barra y yo te miré y nos miramos. Y después hiciste ese juego que hacen la mayoría de las mujeres para demostrar interés. Mirabas hasta que lograbas que te mire, para en ese preciso instante –como si tuvieras un radar que te alarme que te iba a ponchar- correr la vista hacia otro lado, o en su defecto, dejarla suspendida unas milésimas de segundo más, para que yo creyera que la torpeza había sido causa y efecto de la seducción y no un mero artilugio buscado, que es lo que era en realidad.

La segunda fue la vencida. Vos bajabas las escaleras de la facu de derecho y yo perdía tiempo mirando libros y calculando el momento exacto en que pasarías a mi espalda para llamarte por tu primer nombre. Calculé bien, vos sonreíste y entonces fue en vano. Quedé pegado a tu radiador, Soledad, y donde todos veían barro, yo veía agua. Y mientras todos sembraban bombas, yo enseñaba a pescar. Y fui 67 kilos de músculos y huesos ejerciendo la contracultura del zapping amoroso en tiempos donde se coje como conejo.

Pero según alcance a escuchar por ahí, dicen que no es recomendable sublevarse por utopías en tiempos posmodernos. Lo escuché tarde, cuando entendí que lo propio del plan es que falle y que empujar solo contra lo impuesto era una empresa que siempre traía sus consecuencias. A saber: alguna hernia de disco y la inmejorable lección de que los buenos solo ganan en las de ficción.

¿Viste alguna vez por Animal Planet como cazan los cocodrilos? Te explico, no van en busca de la presa, se quedan ahí, en el agua, quietos, inmóviles, petrificados, esperando que el bicho gane la confianza necesaria y se acerque a ellos, para en el momento en que el diámetro sea preciso al radio de su boca, abrirla y entonces: hello victim! Se finí. Terminan despedazándola con la fuerza del cuerpo y good show.

Voy a lo siguiente: a veces creo que vi el mismo peligro y lo ignoré. Fui con esa convicción milenaria, cantando el himno en fila india hacia el hermoso caos y con una sonrisa estampada en la boca. Capishe? Y cuando todo era tarde y la manzana estaba rodeada, no quedo otra que bailar el tango que ocultamos mejor, del que preferimos no hablar.

Cosas que ocurren, Soledad.

Debe ser que hoy ando melanco y leí a Gandolfo y un cuento me hizo acordar mucho a vos. También, quizás, que mientras escucho la canilla del baño gotear con recalcitrante insistencia, sienta la impostergable necesidad de que todo se repita de nuevo para vivir de forma intensa, y a cualquier costo, un presente que alguna vez creí eterno.

Dicen que los fantasmas se dan una vuelta por el mundo de los vivos cuando dejan asuntos pendientes o se olvidan algún objeto de importancia. Yo no sé si para vos era muy importante la higiene dental, pero yo no tengo ningún inconveniente en devolverte tu cepillo, si me prometés que pactamos una amnistía. Al menos hasta que el chapista me ensamble con buena gana y la imagen del futuro no se vea tan pixelada.

Qué te voy a contar... Gimme shelter, Soledad, que ya aspire mucha mierda y no hay fraude bíblico que me sobe el lomo.

Mientras tanto, te espero acá. Quieto. Inmóvil. Petrificado. Aguardando que el diámetro por donde asomes el hocico sea compatible al radio de mi boca. Con la mesa servida, claro. El tai chi de la escritura y la razón que a esta altura del partido debe ir por la concha de la lora.

lunes, 8 de febrero de 2010

VOLVEEEERRRR


Volver es siempre conflictivo.

Sobre todo cuando se vuelve de Bolivia, donde las rutas y los policias se encargan de hacerte sentir como el enganche que corre con la pelota en la mano a patear un corner de espaldas a la popular visitante...

Sacando eso -o pese a eso- Bolivia te deja estupefacto.

Así que pido un mini break para armar el rompecabezas del altiplano. De acá en adelante, prometo -y yo no soy hombre de palabra- publicar aquellas historias y postales que guardan relación con el viaje, y otras cosas que surgen cuando uno se aleja de casa y logra poner la mente en esos estados de observación instrospectiva.

O algo parecido.

martes, 5 de enero de 2010

BOLIVIA


Pero que desubicado de mi parte, entramos al año del bicentenario y ni siquiera me he tomado la molestia de desearles a los lectores un 2010 de la concha de su madre. Desde lo personal, si estuviera en el lugar de ustedes me ofendería de forma tal que le haría la cruz al site y lo denunciaria por fraude. No sé de qué tipo, pero fraude al fin. Eso inventenló ustedes...

No obstante, antes de que la ira aumente de forma notable, quería ponerlos al tanto de que voy a estar ausentes hasta nuevo aviso debido a que en horas más estoy partiendo hacia el altiplano boliviano.

Algo así como una licencia sin la contaminación ni la influencia de los medios de comunicación vigentes. Como internarse en una clínica de desintoxicación pero con apunamiento y con el famélico instinto de un misil teledirigido en busca de encontrar nuevas historias que contar.

Lo que Palahniuk define en el prólogo de Error Humano como pasar tiempo a solas, dejar que suene el teléfono, que se acumulen los e-mails, permanecer en el mundo de tu historia hasta que lo destruis y entonces regresas para volver a estar con el resto de la gente

Amén.

El autor.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

CORRESPONDENCIA NAVIDEÑA


Bueno, para ser sincero me deprimen las fiestas. Bien podría yo, poner acá algun anuncio pelotudo que contenga algunas de esas frases de shopping como "Felices fiestas y próspero año nuevo". Pero no. No me seduce la cortesía.

Así que aprovecho la ocasión para hacer publica la carta que nunca envié a mis ex jefes. Y para suponer que con esta correspondencia termina la trilogía que comencé con dos ensayos anteriores: "Theres a place" y "Casas, Burton y Edward Bloom".

Debo confesar que me vinieron unas súbitas ganas de repetir una frase maradoneana de moda en los últimos tiempos. Pero prefiero que lo que se publica a continuación diga lo mismo, desde otra persepctiva y con otros mecanismos. No sé, me salió postear esto. ¿Cuál es?

Ah, me olvidaba... felices fiestas y próspero año nuevo. Si lo sé, me contradije. ¿Cuál es? Que la disfruten... Son de esas cosas que uno escribe y se siente liberado... pero liberado, liberado eh...

Nota: Mamá.. vos no la leas porque sé que te vas a agarrar la cabeza y repetirte que el que escribe no es tu hijo. Pero sí, lo soy.

A nuestros jefes:

Antes que nada y después que todo, quería agradecer. Por varias cosas. En principio, porque poder formar parte de este trabajo me ayudo a comprender y darme cuenta de un montón de cosas. Una de ellas, y supongo la más importante, de lo que quería para mi vida. También, porque gracias a este laburo pude conocer gente indispensable e invisible. "En la cultura de la exposición, la invisibilidad es un don", dijo Casas. Y trabajar en Gobernación es eso. Ser parte de la cultura de la exposición. Así que me quedo con las cosas invisibles y esenciales a los ojos. Pero no por eso, quería dejar pasar la oportunidad de hacerle llegar a los jerarcas (Alejandro, David y Eugenia), las razones de mi dimisión -que ya he manifestado oportunamente frente a Eugenia- pero que no sé si fueron acercadas en tiempo y forma-. Y como la mecánica del trabajo por el cual atravesé, me enseñó que cuando mando una gacetilla tengo que asegurarme que llegó, quería aplicar el mismo principio con mis argumentos.

En primer lugar, para ser sincero con mi orgullo, me fui para no darles el gusto de echarme. Los segundos o terceros lugares de argumentos, creo que pueden acomodarse al antojo de cada uno. El orden de los factores no altera el producto. Por ende, voy a seguir con el primero que se me venga a la cabeza. Así que acá voy:

Creo que se confunde predisposición y compromiso con/para el trabajo con capacidad de soportar un flagelo. Es decir: no cobrar. Y eso, son dos cosas totalmente distintas e inconfundibles. Tanto Eugenia, como Alejandro y David lo saben mejor que nadie. No tienen ningún machucon cognoscitivo que les permitan relacionar ambas definiciones, entre otras cosas, porque ambas son el agua y el aceite. Por otra parte, me surgió la siguiente pregunta: ¿Cómo alguien que no paga a término se atreve a poner en sus labios el concepto "predisposición al trabajo" cuando a la gente que trabaja para ellos, siempre se les adeudó meses de sueldo? ¿Acaso no hay mayor muestra de predisposición al trabajo que ir a trabajar sin cobrar? Recuerdo que cobramos ENERO en ABRIL. Un jet lag salarial importante, si se tiene en cuenta que para vivir se necesita plata. Esa que no dan a término por el trabajo que si se hace en término y en forma. Por cierto, aun se nos adeuda Septiembre y Octubre.

Después, hay demasiada altanería y exigencias que no están en condiciones de hacer (por más que sean jefes). Por la misma razón que la anterior. Nos deben. Desde lo personal, no me daría la cara para hablar cuando se está en esa condición. Como jefes que son, también tienen que preocuparse por el estado económico y las consecuentes necesidades de la gente que trabaja para ustedes, porque ustedes sin nosotros no son nada. Y continuamente, ustedes se vivieron olvidando de eso. Con intención, claro está.

Parrafo aparte merece el señor David Kempner. Una lástima que no haya tenido la misma altura que demostró tener en las reuniones de trabajo, cuando por aquella mañana de enero, lo llamó Fernando Peña y lo sacó al aire de La Metro. Lo noté un poco tartamudo. Quizás de chico tuvo alguna falencia fonoaudiológica, pero son meras especulaciones. No lo percibí así, cuando a un numeroso grupo de trabajadores, se atrevió a ningunear una reunión donde se pidió explicaciones por el retraso en los cobros del sueldo. Explicación que gambeteó con alguna incorcorndancia de "atribuciones de generalidad" para un encuentro que tenía como objetivo otra cosa. A su favor, tienen la suerte que los que trabajamos (o trabajaban) ahí, nunca estuvimos unidos en la toma de una medida de fuerza, que generalmente es lo común cuando suceden estos casos. No juzgo a nadie de mis compañeros, porque cada realidad es distinta y las formas de pensar son diversas, pero ellos -a diferencia de ustedes- no juegan con ninguna necesidad. Ustedes si.

Agradezco a mi sentido común, la puntualidad necesaria para darme cuenta de que no estoy dejando un trabajo, sino algo más, un conjunto de valores que -desgraciadamente- muestran las peores de las mediocridades argentas y las bastardización del periodismo como arte. A saber: La hipocresía, la falsedad y la obsecuencia del piropo. Me voy tranquilo porque no me traicioné y no necesité esconder bajo ningún pretexto la caradurez que sobra -y los huevos que faltan- para decir las cosas de frente - ni siquiera el del metafísico "sistema perverso de contratación" (esgrimido por nuestros jefes en más de una oportunidad)- o el inaudito "La culpa es de la Facultad que no realiza los tramites a tiempo para que ustedes puedan cobrar".

Asimismo, lamento que otros compañeros -por necesidades económicas o por las que fueran- no puedan hacer lo mismo que yo.

Seguramente, a partir del próximo segundo, seré declarado persona no grata y ejemplo a no seguir, para los que habitan el ecosistema de Prensa en Gobernación. También se me privará de una futura recomendación laboral para emigrar a otro lado. Me chupa un huevo. Nada de lo que digan, va a cambiar la imagen que la gente que me quiere y conoce, tiene de mí. Dudo que las personas que hasta el sábado jugaron con mis necesidades (y juegan y jugaron con las de mis compañeros), puedan decir lo mismo de los suyos.

No mandé ni publiqué la carta antes porque sentía que me faltaba una palabra que los pueda aglomerar y definir conforme a la imagen que me llevó de ustedes.Y de repente, hoy tomando mate y en las proximidades de las fiestas, la misma vino como por arte de magia a mi cabeza. No es la gran cosa, son sólo 6 letras que si se las ordena de forma correcta dice algo mas o menos así: GARCAS

Buen Provecho.

Nuevamente gracias.

Atte: Germán Uriarte

martes, 15 de diciembre de 2009

NO LO SOPORTO

¿Por qué siempre que voy al supermercado la señora que me antecede en la cola experimenta el impostergable deber moral de abonarle a la cajera con el cambio exacto?

lunes, 7 de diciembre de 2009

LOS PARANOICOS


Año de realización: 2008
Dirección: Gabriel Medina.
Guión: Nicolás Gueilburt y Gabriel Medina.
Producción:
Sebastián Aloi.
Intérpretes: Daniel Hendler, Jazmín Stuart, Martín Feldman, Walter Jakob, Verónica Perdomo y Miguel Dedovich.
Fotografía: Lucio Bonelli.
Música:
Guillermo Guareschi.

Muchas personas podrían haber interpretado a Luciano Gauna, pero Daniel Hendler es sin lugar a dudas el primer acierto de Gabriel Medina, que encuentra en el protagonista a alguien ideal para llevar adelante al personaje motor de Los Paranoicos: un adolescente tardío, solitario, introspectivo y de continuas procesiones internas, que se gana la vida animando fiestas infantiles mientras invierte el tiempo que le sobra en tratar de terminar el guión para su primera película.

Un sorpresivo viaje de regreso por unos días, trae la aparición de un viejo amigo suyo, Manuel, interpretado por Walter Jakob, que vuelve a Argentina junto a su novia Sofia (Jazmin Stuart), con el objetivo de lograr producir acá, el éxito que lo hizo famoso en España, la serie “Los Paranoicos”. Hasta ahí, la trama: dos jóvenes amigos que comparten una misma vocación con diferentes resultados: unos es exitosos, el otro no.

A ellos tres, se le pueden sumar Sherman, otro amigo de la infancia del grupo, de apariciones intermitentes y accidentadas, un portero fastidiable y colérico, el dueño de un supermercado chino y un guionista consagrado con el cual Gauna se identifica, pero no se termina de relacionar.

Esas no terminaciones del personaje de Hendler atraviesan todo el film y en ocasiones pecan de redundantes. Pero lo que se puede llegar a señalar como un error, termina siendo muy bien disimulado por el actor, que monta una personalidad perecida a la ya interpretada en El Abrazo Partido, aunque en esta oportunidad con mayor fuerza, quizás por ser este, el ley motive en el cual se basa la película y no el barrio de Once donde se apoya el film de Burman.

Como sea, Los Paranoicos tiene momentos impagables. Sólo para nombrar algunos, la escena donde Gauman se encierra para interpretar a un rock star cantando un tema de Todos tus Muertos o la pelea verbal –y no tanto- con el chino dueño del supermercado, mas buenos climas de tensión como la cena del reencuentro entre Manuel, Sofía, una azafata y él -o los- primeros planos logrados en la toma donde Hendler y Jakob pelean en un videojuego de box.

En el medio: disputas de amor, de reconocimiento, de jerarquías, inestabilidad y cobardías. Dos formas de abarcar al mundo que colisionan bajo un mismo techo. De fondo: buena musicalización, con apuestas a bandas como El Mató a un Policía Motorizado, Farmacia, Hamacas al Río y Doris y un homenaje a Bioy Casares

La primera obra prima de Gabriel Medina que cambia de piel y deja de ser el asistente de realizadores como Damián Szifrón o Martín Rejtman, y cierra así, su primera salida a la superficie que le garantiza una buena bocanada de aire para volver a sumergirse y producir. Hasta entonces.

martes, 1 de diciembre de 2009

YO TE PREFIERO ASÍ


Quién nos quita lo bailado.

Salud por eso.

jueves, 26 de noviembre de 2009

MORA CORIA


Este blog para sus rotativas para presentar en sociedad la nueva obra de my friend Ezequiel, titulada Mora. Llegó a esta dimensión el pasado viernes 20, con un peso de 3.800 gramos.

Así que, entre tantas aberraciones diarias, vale la pena resaltar la llegada de vida por estas latitudes.

Dear Mora, en nombre de los que habitamos este mundo te pido disculpas por el estado de las cosas, el avanzado efecto invernadero y por Tinelli. Be careful y ten paciencia -con tu viejo, sobre todo-.

Chiste, Ezequiel.

Se aprovecha la ocasión para saludar a una madre con todas las letras, Camila, a quien vi el día del parto y la noté levemente hinchada. También, a su padrino Ignacio, a quien vi el mismo día y lo noté excesivamente borracho.

Sean felices, coman perdices y cuenten con quien escribe para lo que necesiten (en ese orden, por favor)

Nota: El acontecimiento me hizo replantear la posibilidad de tener un hijo, pero la descarté al instante.

El autor.

jueves, 19 de noviembre de 2009

CASAS CON DIEZ PINOS


Hace tiempo que quería entrevistar a Fabián Casas. Lo descubrí a mediados del año pasado, cuando leí su última criatura “Ensayos Bonsái”. El tipo me dio vuelta la cabeza y desde ahí me hice fanático de todo lo que drena. Una especie de Mark Chapman reprimiendo su instinto asesino. Después leí “Ocio” seguido de “Los veteranos del pánico”, “Oda” y “El Salmón”. Tengo una cuenta pendiente con “Los Lemmings” cuya edición se agotó y aun no he podido rastrear. Lo cierto es que no podía encontrarlo por ninguna parte, no tenía su mail y él no usa celular. La nota –por ende- empezó a formar parte de esa lista de cosas que uno quiere llevar a cabo en su vida, pero no sabe cuando.

La suerte cambió una noche en la que el destino hizo que me lo cruzara en el hall del teatro Gran Rex, en la antesala del concierto que dio Ricky Lee Jones. Yo estaba con Ignacio y mientras el saludaba a un escritor cuyo nombre no recuerdo, a mi me pareció ver a alguien muy parecido a Casas y comencé a salirme de la vaina por averiguar si mi apreciación era correcta. Me fui al humo. Mientras le hablaba, el tipo fruncía las cejas y debo reconocer que por momentos, internamente escatimé con la posibilidad de que me mandara a la mierda o me dijera “no soy el que buscas”.

No fue así, me dio su mail y acordamos hacerla a la vuelta de su estadía por Córdoba, donde había ido a dar una clínica de poesía. Salió algo que dice más o menos así…

Siempre estoy buscando la voz extraña

Sobre una mesa pegada contra una pared, en un bar de Puerto Madero, detrás de unos anteojos de marco grueso, hay un hombre que pestanea, que sorbe café, se lleva la mano al mentón y se inclina hacia atrás para responder. El hombre habla rápido y se llama Fabián Casas. Está contando una experiencia lejana en el tiempo, una anécdota que hace achinar los ojos y que derivó de alguna bifurcación sobre una pregunta que buscaba averiguar que epitafio pondría en su tumba.

“No tengo ni dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista, ya no lo pienso, yo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. No hay más libros que escribir.¿Entonces esto qué es? No es un libro. Es un líbelo, una difamación. Es un prolongado insulto, en escupitajo arrojado a la cara del arte, un puntapié en el culo de Dios, del hombre, del destino, del tiempo, del amor, de la belleza…” lo dijo Casas, de memoria, sin embargo esas palabras no le pertenecen -al menos en el sentido estricto de autoría-, se las tomó prestadas al Miller de Trópico de Cáncer, la voz extraña que le dictaba poemas a Rimbaud.

Tampoco es su epitafio, esas son cosas que se van a desarrollar en su debido tiempo o cuando la nota lo exija, antes se había empezado a hablar sobre los géneros, sobre su prosa y sobre los diversos análisis que se pueden hacer de ella.

¿Sos conciente que podés estar creando un nuevo género que parta de lo autobiográfico hacia los cruces de distintas disciplinas?

Me es difícil pensar si yo lo puedo decir. A mi me parece que cuando vos estas muy consciente de tu trabajo y te inventas una formula, automáticamente eso te va a ir en contra. Trato siempre de no pensar mucho. Yo si puedo reflexionar sobre cosas que suceden, sobre libros que leo, soy más lector que escritor, porque leo mucho todos los días, diferentes libros y no escribo mucho, dreno muy poco. Y yo estoy bien así, No es que tengo una ansiedad, tengo 10 libros publicados y eso ya es un montón, tengo 44 años, ya está.
Voy tranquilo, inclusive entre cada libro de poesía había 7 años de diferencia. Montale, que es un poeta italiano que a mi me gusta mucho, tardó 17 años entre cada uno y es un genio. Entonces, me parece que publiqué muy rápido todo.
Lo que te quiero decir es que muchas veces me parece que esas cosas sobre el trabajo de cada uno, sobre si estoy creando un nuevo género o cosas que escucho que me lo han dicho, son las que trato de no pensar, porque me parece que es involutivo para mi. Yo pienso que si vos te pensás dentro de la literatura, te impide escribir, si te pensás dentro de la filosofía te impide pensar filosofía, me parece que está mejor que sea algo vital, que esté conectado con la vida y que esté fuera de los parámetros cuando trabajo, porque cuando trabajas esos parámetros no sabes bien que escribís y yo me doy cuenta que algo funciona bien cuando estoy trabajando en estado de incertidumbre y me da vergüenza ajena lo que escribo. Si yo escribo algo que automáticamente siento que está escrito por mi, trato de trabajar y de intervenirlo para que se vuelva una voz extraña.
No reflexiono mucho sobre mi escritura como para decirte estoy creando una nueva voz, trato de ni pensarlo a eso, de hecho me pasó que después que salio “Los Lemmings” hubo como mas demanda, empezó a haber otro público mas grande, distinto al que podía leer poesías mías, con gente de diferente tipo y edad, y yo ahí tuve como cuidado no tener que escribir para alguna demanda porque todos te dicen “¿Y? ¿Cuándo hay más?” “¿Cómo continúan Los Lemmings?”
Yo siempre trabajé con tranquilidad, sin ningún tipo de demanda, para mi la literatura es algo que se va terminando de hacer muy de a poco, yo hago periodismo, vivo de otra cosa, no tengo la necesidad de vender libros.
Si algún día mis libros se empiezan a vender un montón, dejaría de laburar y viviría de los libros, pero tampoco me preocuparía mucho en sacar un libro por año, no forma parte de mi naturaleza, no puedo hacerlo.

¿Qué te pasa cuando te encasillan en un determinado lugar, como en el caso de Campos Becerra: amarrado a la fatalidad o que apelás mucho a reflejar la experiencia del desencanto en tu narrativa, como en “Ocio”, por caso?

Me parece que son lecturas que están ahí, yo respeto todas las lecturas, me parece que algunas están buenas, hay lecturas de algunos críticos que vos decís “mira que bueno que dijo eso, no lo pensé así”. Está bueno que alguien escriba sobre uno, que alguien se tome el trabajo de reflexionar sobre lo que uno hace. Soy un agradecido a eso.
Lo de la fatalidad puede ser, se puede ver de esa manera, porque todas las cosas que rodean a “Ocio” tienen como una narración de depresión, de gente que ha perdido cosas. A mí me gusta mucho Schopenhauer que es mi maestro filosófico que dice: “la vida es algo horrible, voy a dedicar la mía a reflexionar sobre esto” y yo me identifico con eso.

¿Qué principios respetas a rajatabla cuando escribís?

El principio de escuchar la voz extraña, cuando escribo algo yo escucho una voz que es la mía, que la identifico y digo “esta es mi voz, lo escribí yo y me satisface” y bueno, voy en contra de eso, a esto no lo publico, lo trabajo y trato de que el texto drene y se convierta en algo extraño, que haga surgir en mí la voz extraña. Eso busco.

Del Casas de “18 Whiskys” y “Un huevo y medio” al actual, ¿qué cosas en tu narrativa fueron cambiando?

Hay cosas que se mantienen inalterables. Siempre entendí a la literatura como algo colectivo o sea, siempre escribí con mis amigos, siento que lo que escribo se lo tengo que mostrar, que es un grupo de gente con la que discuto. O sea, yo estoy escribiendo acá una puntita de la literatura pero hay otra gente que está escribiendo otra cosa contraria a lo mío, y por suerte, conviven las dos cosas en una paleta de colores que refleja que todo no es igual, sino que se refrescan, se chocan, se cruzan. Me encanta eso, sentir que se está trabajando con un montón de gente. Eso es lo que yo aprendí de chico y me parece que es lo que se mantiene.
Después, en lo personal empecé a respetar las historias que venían y su forma, es decir, a veces venían con una respiración más corta, entonces era un poema y a veces venían con una respiración más larga, entonces era prosa. Pero para mi parte todo de lo mismo, que es una musiquita que empiezo a escuchar en mi cabeza.


“Cuando tenía 21 me las tomé, estaba en la mitad de la carrera de la facultad y me fui de viaje dos años. Hice Bolivia y todo el norte argentino, Perú, Ecuador y Colombia y me quedé viviendo en el amazonas como medio año. La gente con la que me crucé, ahí aprendí que en los cruces está lo más interesante. Me tocaba un alemán de guita, un boliviano que no tenía un mango, un boliviano millonario. Fui tomando de todos ellos y me liberaron del miedo social, no tengo miedo social, no tengo miedo a perder el laburo, no me importa eso. Tengo otros miedos como que le pase algo a mis seres queridos y esas cosas, pero no miedo social. Me di cuenta que podía andar por el mundo así, sin nada de plata y ser feliz. Me di cuenta que no necesito tener muchas cosas, que tenés que liberarte de los apegos, eso te mata. Me di cuenta que aprendí a vivir con lo esencial, cuando viajas no podés tener una súper mochila y en la vida lo mismo, tenés que tener lo esencial, tenés que tener libros, libertad personal”.

A Casas esa experiencia le partió la vida en dos. También rememorarla lo llevó a acordarse del Miller de Trópico de Cáncer, sin lugar a dudas uno de los libros más significativos para él. En ocasiones anteriores y bajo otras circunstancias, ese libro le sirvió de bocanada de aire en lugares de pasillos desinfectados y caldo que se recalientan para servirse en el almuerzo. Ahora Casas, se acuerda de ese viaje y achina los ojos y es el cuadro que se describió al comenzar esta entrevista. Ese es el momento.
Cuando volví del encuentro, tenía cierta emoción interna, sentí una estimulación propia de haber conocido a alguien que quería conocer y haberme llevado una agradable imagen. Con frecuencia estas cosas no pasan. Creo que a Casas le pasó lo mismo cuando entrevistó a Solari por primera vez, aunque después se decpcionó
En fin, recuerdo que caminé por Corrientes súper estimulado, que esa noche tocaba Cat Power en el Gran Rex y la noche anterior, Estudiantes había ganado la Copa América. Recuerdo que llegué a casa y me puse a desgrabarla. Todo venía bien hasta que el reporter comenzó a ser un ruido extraño que tapaba la voz de Casas. Entendí que sobre el final de la entrevista, el artefacto se había quedado sin pilas.
Lo llamativo del infortunio fue que -sin embargo- recordaba sus gestos y algunas palabras me habían quedado grabadas. Recuerdo que habló sobre sus comienzos como escritor con sus compañeros contemporáneos de “18 whiskys”, dijo que eran muy frontales y que con frecuencia apelaban a la honestidad brutal sobre las cosas que escribía y le disparaban frases de índole: “ché, este poema es una mierda”. Casas asegura que eso lo ayudó, pero que al principio le chocaba, “de hecho no le hablaba a algunos por unas semanas, hasta que después me di cuenta de que trabajábamos de verdad, porque lo importante era la poesía y no tanto el ego del otro”.
Después de eso, seguimos hablando de Spinetta y su enojo hacía Casas por el ensayo “La reacción” publicado en “Ensayos Bonsái” y la revista “La Mano” donde hizo notar ciertas declaraciones de derecha del músico, que Casas no dudo en tildar como estupideces, de Solari – también escribió sobre él en la misma revista- y de algunas decepciones, con una serie de preguntas que por suerte fueron captadas íntegramente por el grabador.

Tenés cierto desengaño con tus ídolos de tu adolescencia, por caso Solari o Spinetta. ¿Qué cosas te llevaron a esa especie de desilusión?

Son como cosas muy puntuales. Para mí, Spinetta es un genio, un grande total. Me parece un músico increíble. Lo que pasa y lo que yo noto es que la gente está muy acostumbrada a que cuando vos decís que alguien es increíble lo tenés que tomar completo siempre. Entonces si vos decís que el tipo es increíble, también tiene que tener buen olor, es hermoso, todo lo que va a decir es genial y yo en realidad trato de tener relaciones honestas con las cosas. Digo: esto es increíble en esto y en esto otro me parece un cuadrado, un boludo, trato de tener no una relación de idolatría estúpida, sino una relación directa y buena como me gustaría que tenga conmigo cualquier persona, no como escritor, sino cualquier persona por cualquier relación.
Aparte las personas son seres complejos, hay gente que tiene momentos buenos, momentos malos. Spinetta es un genio como músico y hay un montón de cosas que no comparto de él, como cuando salió a decir al igual que Susana Giménez que había que matar a todos los que mataban.
Entonces yo analizo un fenómeno de una persona y digo lo que pienso. Trato de tener relaciones reales y no ideales con todas las personas, no sólo con Spinetta o Solari, sino también con mis amigos.

¿Por qué crees que llega un momento dónde les puede molestar que se realicen ciertas apreciaciones?

Eso que vos decís, también les pasa a algunos escritores. Eso es una muestra de esclavitud porque están todo el tiempo pendiente de representar un poder, tenés que ser siempre el mejor o tal. Eso te convierte en un esclavo porque una persona que no tiene necesidad de representar un poder, está tranquilo. No está diciendo “necesito esto y esto o que todo se mueva en función de algo”. Están en una etapa pre descubrimiento que la tierra gira alrededor del sol. Tranquilo. No pasa nada.

De tu primera entrevista al Indio en su casa de Ramos Mejía, hasta la última donde fuiste invitado por la revista La Mano para escribir en el especial de su último disco y estuviste en su casa de Parque Leloir, ¿qué cosas crees que cambiaron de él?

Yo cuando fui a esa primera entrevista, era chiquito y fue como súper estimulante, porque salí de la casa prendido fuego y queriendo hacer cosas y esta vez salí deprimido. Fue un almuerzo desnudo, que fue lo que puse en La Mano, una comida fría.
Yo personalmente no lo conozco, pero lo que vi ahí, es una persona súper vigilada, súper encerrada en sí misma, me parece que perdió espontaneidad, perdió riesgo, perdió peligro, que son las cosas que a mi me gustan en un artista.

Da la impresión que Casas está harto de explicar estos temas. Los habla más rápido que lo normal y le resta importancia. El mozo volvió para dejar la cuenta y se hizo una especie de silencio. Me vino a la mente una película que mire el día anterior y me dieron ganas de compartir la trama y hacerle una pregunta que derive de ella. Sobre la mesa de al lado, de espalda a Casas había un par de personas mayores y ahora supongo que quizás ese contexto ayudo a que la pregunta aflore, tiene que ver con la muerte y con la forma de verla que tienen los orientales. No es que vea a la muerte como un suceso eufemista sino que con frecuencia me sucede un fenómeno bastante particular y creo que al mismo tiempo algo que le debe suceder a mucha gente: después de ver una determinada película, si me gustó mucho quedo fuertemente impregnado de las cosas que transmite durante una cierta cantidad de días posteriores –al menos tres-.
Lo cierto es que se lo comenté, pero antes, también quería saber sobre sus estados pos escritura, no se por qué esos momentos me llaman la atención.

¿Te pasa qué cuando terminas de escribir un ensayo o algo, tenés la sensación que pudiste condensar un tema o abarcarlo de una mejor manera?

A veces si y a veces no. A veces siento que el mismo ensayo quedó en un estado de pregunta por responder. Es un ensayo y me gusta que tenga un devenir, acercarse a algo y ver que pasa y errar por lo general pero en eso queda algo, queda una pregunta, una incertidumbre, queda algo vital que se vivió.

Hace un tiempo empezaste a escribir una novela que se llama Titanes del coco, ¿en qué está ese proyecto?

A Titanes del Coco lo estoy trabajando. Lo trabajé durante un año, después me di cuenta de que era un cuento subsidiario de Los Lemmings, escrito de la misma manera y eso no me satisfacía, era como un texto que lo podía publicar y ya está y entonces lo empecé a intervenir, a erosionar hasta que me empezó a satisfacer y está ahí, no sé cuando lo voy a continuar.
Yo a Ocio tarde cuatro años en escribirlo y son 70 páginas. A los textos los voy dejando ahí, los escribo, los guardo, después los saco, los leo. Me doy cuenta de que algo que me parecía muy increíble, con el tiempo me doy cuenta que no es tan así. El escritor tiene que trabajar siempre en contra de su habilidad, eso es parte del Karate.

Acabo de ver una película de Kore-eda, se llama “After Life”. La trama se basa en la muerte. La gente muere y antes de pasar al cielo, permanece flotando una semana dentro de una escuela secundaria donde tiene tres días para elegir deliberadamente el momento y la sensación que quiere llevarse consigo para siempre. Una vez que eligieron ese recuerdo, un par de asesores llevan a cabo un film donde rememoran ese instante y la gente parte con ese único recuerdo grabado en sus memorias para siempre.
Si te tocara morir hoy, ahora, en este instante… ¿Vos con qué secuencia de minutos de tu vida te quedas? ¿Con qué sensación?

Hay un momento muy emocionante de mi vida, que en realidad son muchos. Yo me acuerdo de estar siempre en el taller de mi padrino que es la persona más importante de mi vida. Mi padrino se llamaba Bruno y era italiano. Se hizo muy amigo de mi papá, era tallista y se vino a la Argentina a hacer esa profesión. Estuvo en la guerra mundial y vino a mi casa, era una persona muy instruida, era profesor y docente. Mi papá le hizo un taller muy hermoso y el ahí tallaba madera. Yo pasé muchas tardes de la infancia en ese taller, el me hablaba de la guerra, de los griegos y yo pasaba mucho tiempo ahí, escuchándolo. Sin lugar a dudas me llevaría ese momento. Hay un poema que escribí en “El Salmón” dedicado a él.

Ya que estamos con este tema de la muerte y para terminar con esta historia ¿Cuál sería tu epitafio?

No pondría una frase. Yo pondría la letra entera de “Una casa con diez pinos” de Manal. La escribió Javier Martínez. ¿La escuchaste alguna vez?

No, me dije y ahora que estoy escuchando la parte del estribillo es cuando me doy cuenta que le melodía me suena, que ya la escuché pero que no me puse en estado de atención para poder oirla, que no le dediqué tiempo. A lo mejor es como dice Casas, pienso, que en la cultura de la exposición la invisibilidad es un don, porque esa letra era hasta el momento imperceptible para mí.

“Una casa con diez pinos, hacia el sur hay un lugar, ahora mismo voy allá, porque ya no puedo más, vivir en la ciudad. Entre humo y soledad, nada más que respirar, nunca más, nunca más, en la ciudad. Un jardín y mis amigos no se puede comparar con el ruido infernal de esta guerra de ambición, para triunfar y conseguir dinero nada más, sin tiempo de mirar un jardín bajo el sol antes de morir. No hay preguntas que hacer, una simple reflexión, sólo se puede elegir, oxidarse o resistir, poder ganar o empatar, prefiero sonreír, andar dentro de mí, fumar o dibujar. ¿Para que complicar?”

A mediados de 2007, Casas fue distinguido en Alemania con el premio Anna Seghers y al recibirlo dio un discurso sobre un zapatero, también habló sobre la imposibilidad de establecer conceptualmente lo que es poesía y de las civilizaciones totalitarias y su inseparable destino a ser reconocidos por la dentadura si no se termina de engendrar el horror y la muerte.

Entre todas esas cosas, ahora que termino de leer su discurso, hay una que me llamó la atención por sobre las otras. Habló de los escritores que le gustan y la forma en que llegó a ellos. Dijo que no habían ido a buscarlos desde los desmesurados aparatos editoriales sino que se los había encontrado de forma irremediable cuando era necesario que así sucediera. Me quedé pensando en eso y en la forma en que me lo encontré a él. Caí en la cuenta de que había algo de eso, que no fue algo forzado conocerlo sino algo que estuvo regido bajo el estigma de la casualidad, necesaria si, pero casual ante todo. Su nombre es Fabián Casas, pero pueden decirle Kaspar Houses.

domingo, 8 de noviembre de 2009

ME PUBLICAN!


La historia fue así. Hace un tiempo, me llegó un mail de la Editorial Raíz Alternativa invitándome a participar de un concurso sobre narrativa.

Decidí enviar tres cuentos, el día límite en el que cerraba la fecha de participación. Pues bien, hace pocos días, desde la misma editorial, me enviaron a mi casilla el siguiente correo:

Estimado Escritor/a Uriarte, Germán:

"Me dirijo a ud. con sumo agrado, a fin de comunicarle que nuestro jurado ha preseleccionado sus obras (NELY - MILKWAUKEE - ARBITRARIEDAD) para que sean incluidas en la XXXIX antología «Latinoamérica Escribe».

De un total de 415 participantes, ud. ha sido preseleccionado por considerarlo nosotros entre los 105 mejores autores. El propósito que nos lleva a realizar esta labor, es dar a conocer a los nuevos poetas y narradores, valiosos artistas que generalmente se pierden en el anonimato.

La tirada del libro será de aproximadamente 2050 ejemplares y la posibilidad de distribuirse en bibliotecas y entidades de bien público, Talleres literarios, Encuentros culturales, Envíos postales a escritores de anteriores certámenes; entregas en Casas de Provincias, Donaciones a Escuelas, etc...”

Así que voy a ser traspasado a papel, junto a otros escritores sudacas -como yo-. Me corresponden 8 páginas de la obra en cuestión, que sale a principios de abril del 2010.

En fin, como diría Cerati en alguna entrega de los Premios Gardel: "A todos los que les hice creer la ilusión de que soy bueno. Los engañé."

Pero ahora ya es tarde. La cagada ya está hecha. Voy a ser publicado por primera vez. Pierdo mi virginidad literaria días antes de cumplir 25 años. Y estoy contento por eso.

Muy contento por eso.

Bueno, en realidad… no tanto. Sólo lo normal.

Les confieso algo. En momentos como este, suelo decir algunas frases genuinas que tiran clichés verborrágicos de índole demagógicas. Por ejemplo, digo cosas como "Los quiero mucho".

Pero a la brevedad, vuelvo a caer en la trampa de la honestidad brutal que desemboca en el sincericidio. Así que… en realidad, no los quiero tanto.

Pero les estoy eternamente agradecido.

El autor.

domingo, 1 de noviembre de 2009

CASAS, BURTON Y EDWARD BLOOM


Qué querés para tu vida, es una buena pregunta para hacerse justo a tiempo. En realidad, la retórica toma esa forma cuando las decisiones importantes corren por tu propia cuenta. Antes, la misma incertidumbre se escondía bajo formas más sutiles.

Recuerdo la etapa de mi jardín como si fuera ayer. El 907 en la intersección de Rodríguez Peña y Lavalle. El olor a tilo y la arena en las zapatillas. Mis compañeros y yo en ronda, y las maestras preguntándonos qué queríamos ser cuando fuéramos grandes. Recuerdo también la mayoría de las respuestas girando entre policía, bombero o la profesión que ejercieran nuestros respectivos padres de turno.

A mí, designar que quería para mi vida siempre me dejó pensando. Debe ser por la antipatía a las profesiones comunes o por la ausencia de mi viejo, al que nunca tuve como referencia en nada.

Después salía de ahí y estaba ella, mi abuela, impecable, para cruzar la calle y llevarme a su casa hasta las 9 de la noche. Supongo que eso de cortarme solo y apelar a la independencia lo mamé ahí, forzado por la rutina de mi infancia, que puede traducirse de la siguiente manera: me levantaba a las 7 y como mi vieja tenía que trabajar me dejaba en la casa de mis abuelos, de 13 a 17 iba al jardín, y de ahí, vuelta a la casa de mis abuelos, hasta que se hicieran las 9 de la noche y me pasaran a buscar para volver a casa. Al otro día, símil. Lo que variaba era el clima.

Así que, como quien no quiere la cosa, empecé a ejercer el autismo a temprana edad. Siempre forcé la imaginación porque al estar rodeado de dos personas lo suficientemente grandes como para jugar conmigo, tenía que mantener la cabeza ocupada en algo. Se sabe, el medio condiciona a la especie.

Hace poco, releí Ensayos Bonsái, y es asombroso como no dejo de mimetizarme con algunas de las cosas que Casas escribe de los tiempos en que con sus amigos de Boedo, se pasaban las horas tratando de comprender el mundo en el que vivirían. Y dice Kaspar Houses: “rápidamente, de este lado del río, nos pusimos de parte de los locos, los delirantes, aquellos de quienes se contaban historias fantásticas que nosotros repetíamos porque, entre otras cosas, no queríamos ser como nuestros padres”. Amén.

En fin, una sugestiva aproximación a nuestro objeto de estudio, podría llegar a arrojar esta primera conclusión:: la importancia de lo que queremos para nuestra vida se metamorfosea en una decisión importante, cuando la pregunta pasa de la plebe a la propia conciencia. Es decir, del plural de la tercera persona al singular de la primera.

Pero gastemos otra bala en el flashback. A veces, ese mundo alucinatorio -pero más prometedor que el real- se desprendía de los dibujitos que consumía en las meriendas, otras, eran situaciones forzadas. Lo cierto es que en esos letargos virtuales empecé a responder la pregunta de lo que quería para mi vida.

En “El Gran Pez” de Tim Burton, el personaje central, Edward Bloom –interpretado en diferentes momentos de su vida por Ewan McGregor y Albert Finney- recibe la visita de su hijo, que llega desde Francia para pasar junto a él, los últimos días de su vida. Billy Crudup –el hijo en sí- reniega de la forma de interpelación que su padre eligió para su vida con él. Es decir, no le cree ninguna de las fábulas que éste le cuenta, hasta que empieza a descubrir que las mismas no eran productos de la imaginación de su progenitor, si no la realidad en sí.

La película tiene mucho que ver con la vida del propio director. De chico, Burton vivía en un pueblo chato de California, llamado Burbank. Para evitar empezar a cocinarse a fuego lento por la vorágine californiana, Tim construyó mundos paralelos con historias fantásticas que se destacaban, precisamente, por su completo y total desinterés por el realismo.

Comentario al margen: es igualmente de llamativo como el ser humano se identifica con las manifestaciones artísticas, que a posteriori creen que representan un aspecto –o varios- de su personalidad. Yo me acabo de dar cuenta que soy Burtoniano a full. Que me importa un bledo el realismo.

Pero volvamos a la película. Para mí, el verdadero acierto de “El Gran Pez” es la delgada línea roja que separa a lo real de lo ficticio. La realidad es mucho más compleja que la ficción, dijo alguna vez, Sherlock Holmes. Y a esa afirmación, Burton le encuentra el punto G.

Y alega Burton sobre estas cuestiones: “Lo que es real y lo que no es real, especialmente cuando vas a los recuerdos y a las historias de la infancia, es muy difuso”. Letal.

Hace un tiempo, tuve la suerte de entrevistar a Casas y me confirmó en persona algo que una vez leí en Ensayos Bonsái, bajo la forma de un viejo adagio oriental. Dijo el Spleen de Boedo: “Me di cuenta que no necesito tener muchas cosas, que tenés que liberarte de los apegos, eso te mata. Me di cuenta que aprendí a vivir con lo esencial”.

A mí, eso me pareció notable porque me di cuenta que el tipo piensa y vive como escribe y eso no es común a todos los escritores. En ese sentido, Casas –a pesar que sostenga que no tiene imaginación- también es Burtoniano, no porque le importe un bledo el realismo, sino porque es alguien que en sus obras, siempre está buscando la voz extraña para esgrimir el imperio de los sentidos sobre el estado de las cosas, sin traicionar su filosofía de vida al narrar. Es congruente en teoría y práctica.

Pero volviendo a Burton, en una nota que dio para Clarin en el año 2004, el periodista le preguntó cómo analizaba que, viniendo de un ambiente tan convencional, su imaginación sea tan extravagante. “La única manera en que puedo analizarlo es que uno busca lo que no tiene en la vida. Si crecés es un ambiente suburbano, cuadrado y aislado, te interesan cosas más oscuras como una reacción contra eso”.

Creo que este ensayo podría acoplársele a otro que publiqué hace poco, titulado “There´s a place”. Quizás más adelante escriba la sucesión de éste sólo para cumplir algún deber metafísico de condensar una trilogía. No lo sé aun.

Lo que sí sé, es que decidí empezar a regirme por el principio Burtoniano. Consignar lo que quiero para mi vida sigue siendo una deuda retórica, pero si sé lo que no quiero. Por ende, he aquí la conclusión de todo esto: voy a dejar este trabajo neurótico lleno de garcas y monitores para empezar a vivir de manera más congruente con lo que narro. Como Casas, como Burton*.

Supongo que en algún lugar del mundo del cine, Edward Bloom consentirá el fallo.

*Pretender alcanzar alguna de sus obras es pedir mucho.

lunes, 19 de octubre de 2009

ALL YOU NEED IS LOVE

Es impresionante lo que se enamora la gente en el subte.

martes, 13 de octubre de 2009

THERE´S A PLACE


“Hay un lugar al que puedo ir
cuando estoy bajoneado, cuando estoy triste
y es mi mente
y allí no hay tiempo
cuando estoy solo”.

The Beatles (Lennon-Mc Cartney)

Miro desde la ventana de mi trabajo, con una resaca marginal, los ecos de un recital en Plaza San Martín. Desde hace un tiempo, sueño con las ganas de viajar y de tan sólo ratonearme con la idea, se me hace agua la boca y se dibuja un gesto cómplice. Viajar. Dejar de trabajar para gente asquerosamente responsable y nerviosa, que pretende tener en el diámetro de sus ojos, esa métrica aceitada por una elongación del radio eficaz de sus retinas, que le permita ver todos los movimientos que hacen las personas que tienen a su cargo. Una omnisciencia mecánica y empalagante.

Sábado estupendo en La Plata. Una luz trascendental y una temperatura que susurra los 20 grados. Diez televisores y un audio saturan -puertas adentro- el micro ecosistema de una oficina gigante en algún rincón de esta casa enorme, condenado a habitar hasta las ocho de la noche todos los fines de semana.

Las ventanas fueron hechas para eso, pienso. Para blindar con un vidrio los lugares que se reservan el derecho de admisión. Una mirada más esperanzadora, podría argumentar que se pueden abrir para pasar a formar parte de esa dimensión que se añora, pero no es esta la mirada que acostumbro a tener los días en que la gente descansa y yo cumplo horarios. Afuera, el sol le inclina el cuerpo a los instantes para ejercer su porción de patria potestad que detenta en la primavera, y adentro, un videograph de TN reza que en el senado las cámaras empresarias pidieron cambios al proyecto de Ley de Medios K. Por cierto, yo la apoyo.

Ya hay pocas cosas que –por estos días- asalten la capacidad de sorpresa de las personas. Por eso, supongo, que la calle está cada día más llena de locos y de gente que vive inmersa en otra realidad que no sea esta que prefieren vivir otros, destinada a morir en la eyaculación precoz de un futuro hipotecado por servir a gente de poder, o por padecerla.

Yo estoy acá. Encerrado, ahora, en tiempo y forma, con luz artificial de focos de bajo consumo y con ese sol radiante y redondo detrás de estos marcos de madera.

Si hay algo de lo que estoy seguro es que no quiero esto para mi vida, me digo. No tengo ganas de traicionar al superhéroe que quise ser de niño, cuando corría por el patio de la casa de mis abuelos, sin preocupación alguna. Feliz. Sin nada, sin todo. Con mucho.

Por eso debe ser que vivo resignificando las cosas, volviendo al pasado o creyendo que estoy de viaje. Porque no quiero este presente de oficina y ruido de impresora, saturado de información, leyendo la cablera de Telam y escuchando lo que dicen del gobernador por Radio 10. Yo quiero escribir. Y punto.

También quiero viajar. Aunque con el sueldo atrasado no se pueda ir a ningún lado. Quiero estar bien lejos. Frente a algo imponente. Con ruido de mar. Con ruido a nada. Con este sol hijo de puta y esquivo. Con lluvia. Viajando. Por eso cierro los ojos y que TN fluya o que Boca pierda sin ideas, como pierde frente a Estudiantes. No me importa.

Yo ahora estoy en otro lado, en otro tiempo mejor a este, riéndome del status quo del caos, sin marcas, sin fantasmas. Con una brisa que genera un escalofrío cómplice. Con arena en mis pies, con barro en las manos. Sin nada que hacer y todo por delante.
En ese patio, en esa casa, con esa pelota, con la angustia de Fela por ver que el balón pasa tan cerca de las rosas. Volviendo de la panadería con mi abuelo. Abrazándome con todos, porque definí cruzado. Soy el 9 del barrio, el héroe de la manzana 3 del Santa Teresa. ¿Entendiste?

En otras coordenadas. Vaciando ese kiosco del barrio Balbín, empachándome de chocolate con maní., Chonik creo que se llamaba. Inmortal. Viendo un Gráfico viejo, cerrando los ojos e imaginándome ahí, donde ahora está el Beto Márcico. Incansable. Viendo a mi mamá preocupada. Yo no tengo preocupaciones. A lo sumo que el terrome no dicte que tengo que contar en la escondida, porque voy a sufrir como nunca para encontrar a esta manada de pibes en toda esta hectárea de cemento.

Sin preocupaciones de minas. No me fijo en las minas, soy chico para eso. O mejor, no. Ahora soy más grande. Estoy con vos. Enamorado, hiper enamorado. Ultra enamorado. Mega archi hiper enamorado. Sin celulares por medio. Sin mierda. No existe la mierda, no existen las preocupaciones. No existe la guita que puedas ganar. Vos y yo y el efecto invernadero que se está cargando el mundo.

Me chupa un huevo, que la rubia tarada almuerce la agendita con cara de habitué y venere gente de saco y corbata. No me importa. Cada segundo para mí es egoísmo puro. Planeemos una vida juntos, mejor dos, mejor tres. Jubilémonos juntos. Paguemos el monotributo a tiempo. Te levanto con el desayuno. Me levantas con el diario. Vámonos de vacaciones a San Luis, a Tandil, a todo o nada. Dos nenas. Dos pibes. Uno y uno. El labrador en el patio ¿Cerramos trato?

Wait a minute. Mejor vuelvo a Ushuaia. Lejos de todo. Cerca de nada. A conocerme otro rato. A ponerme en el frezzer hasta nuevo aviso. A volver más flaco de lo que soy. Consumido por los vicios. A escribir crónicas. A que el rosarino cuente anécdotas en la mesa 13 de Dublín. A que el negro muestre los tatuajes y Moni hable de lesbianismo. A yugarla.

¿Y Bolivia por qué no?

Ya me dijiste lo que quería escuchar. Voy a seguir cerrando los ojos. Descansar la vista y activar la mente. El sol no afloja y la temperatura apela al fade out. Un leve viento hace crujir las maderas del marco de esa ventana y las cortinas se sacuden la modorra. Ahora ese ritmo se descomprime, y desde un handy, una voz -entre neurótica y compulsiva- grita ¿Che, Germán, te acordaste de mandar la gacetilla?

domingo, 4 de octubre de 2009

ELEMENTAL, MI QUERIDO WATSON


Estimado Co-equiper:

Releyendo a Nietzsche, descubrí que la mera existencia de fenómenos morales no persisten en el tiempo por sí solos; si no que dependen de los juicios propios, de todo aquello que internamente, juzguemos correcto o no.

Supongo que luego de tal afirmación, sabrá entender que ya no le debo más disculpas.

Saludos cordiales.

Sherlock